Libro ansiedad social

El hombre es un ser social, pero no todo el mundo tiene la misma capacidad para relacionarse con otros. Para algunos, pensar siquiera en responder a una pregunta en clase, pedir su número en una zapatería o hacer una entrevista de trabajo implica una presión tal que les paraliza, imposibilitándolos para llevar a cabo cosas que deben o quieren hacer.

No estamos hablando de timidez, si no de un miedo patológico a enfrentarse a situaciones sociales conocido como fobia social. "Hablamos de gente que quiere relacionarse pero no pueden. Les cuesta hablar con otros, expresarse en público o no saben decir que no, lo que frecuentemente les hace ponerse rojos, tener palpitaciones o sudores", explica el profesor titular de la Universidad de Jaén (UJA) Luis Joaquín García López, que acaba de publicar un libro sobre este trastorno, el tercero más común después de la depresión y el abuso de alcohol y otras sustancias.

"He intentado plasmar con lenguaje cercano casi 20 años de experiencia clínica e investigadora", apunta el autor de 'Tratando… trastorno de ansiedad social' (Ediciones Pirámide), destinado especialmente a profesionales de salud mental, aunque es accesible al público en general. "El objetivo –añade el especialista– es ayudar a que la gente sea más consciente de qué problema es éste y poder dar soluciones concretas".

Detección difícil

La ansiedad social  o fobia social afecta a entre un 3 y un 13% de la población adulta y entre un 2 y un 5% de los niños y adolescentes. A veces es difícil detectarla, pero si no se hace a tiempo puede complicarse y derivar en en otros problemas de ansiedad (como ataques de pánico), abuso de alcohol y otras sustancias, depresión o incluso bullying (acoso escolar). De ahí la importancia de un diagnóstico precoz.

"A partir de los 12 años, con la adolescencia, los problemas se hacen muy evidentes. Muchos chicos pasan al instituto, tienen que hacer nuevos amigos y la importancia de las relaciones sociales con los demás y de la apariencia es mucho más grande", señala el investigador del Área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico del Departamento de Psicología de la UJA.

"Los maestros son de gran importancia en la detección. El problema es que se trata de un trastorno que no se ve. Es muy fácil detectar a un niño hiperactivo, pero los retrotraídos, los más callados, esos con los que los profesores están encantados, son los que a menudo tienen fobia social y sufren mucho", cuenta García López, señalando algunas de las pistas que pueden ayudar a la detección.

"Son niños que no tienen muchos amigos, que rehúyen estar con gente y dicen que les duele la barriga para no ir a algún sitio, aunque a veces es justo lo contrario", comenta, poniendo como ejemplo asimismo al gracioso de la clase, que frecuentemente es un chaval que asume el papel de payaso porque no encuentra otra forma de expresarse y relacionarse con sus compañeros.

Cosas de casa

Los padres, también, son fundamentales. "Si los padres son sobreprotectores o son críticos u hostiles y no los incluimos en el tratamiento, los niños no mejoran significativamente", afirma el experto, explicando que los progenitores tienden a solucionarles la papeleta a sus hijos y evitando así que manejen sin ayuda.

"Este tipo de personas suelen buscar a alguien que haga las cosas por ellos –García López habla de 'amigos sombra'–. Son los típicos que en un bar van a pedir pero al final pide el otro. En todo momento necesitan a alguien, y eso es muy peligroso, porque puede generar relaciones de dependencia".

"Tienen problemas para expresar sus emociones y opiniones, por eso se escudan en los demás, porque temen que los critiquen si dicen lo que piensan –expone el profesor–. El miedo les hace no ser ellos mismos. Pasan por el mundo como un fantasma, y es muy triste, porque estamos para disfrutar del componente social".

Para tratar de hacer más visible este trastorno, expertos del Departamento de Psicología de la UJA (que ofrece atención gratuita a la comunidad universitaria) acuden a centros escolares para tratar de informar y orientar sobre la fobia social, permitiendo asimismo el acceso a un intervención precoz y eficaz. Con los adultos es más complicado. "Cuando son conscientes del problema ya ha pasado mucho tiempo y puede haberse hecho crónico", reconoce el psicólogo, para quien lo más importante es que la ciudadanía sepa que hay tratamientos eficaces y que, por tanto, hay una solución.

Fuente: Mª Amelia Brenes, El Mundo

Sofie Hagen tiene fobia social

La comediante británica Sofie Hagen sufre de fobia social. Aquí le cuenta a la BBC cómo utiliza los espacios pequeños para manejar su trastorno.

La primera vez que me escondí en un baño público tenía 14 años. Trabé la puerta, bajé el asiento del inodoro, me senté y esperé a que se me pasara la angustia.

El detonante fue un joven muchacho llamado Magnus que quería besarme porque yo le había prometido una semana antes que sería su novia.

Nunca antes había besado a un chico y, aunque pensé que era algo que quería, mi cuerpo reaccionó de otra manera.

De pronto sentí la necesidad de tener paredes a mi alrededor, lo más cerca posible.

"¡Has estado allí adentro casi una hora!", gritó dentro del baño de mujeres nuestro amigo en común Victor. "Magnus dice que si no sales pronto romperá contigo".

"¡Que lo haga!", le grité en respuesta, y fue así que perdí al primer novio de mi vida pero gané una amistad con los baños públicos y con esconderme en ellos cuando las cosas me superan.

Adelantémosnos al presente. "Me gustaría una mesa para uno en un rincón", le dije recientemente a un camarero en un restaurante.

Tenía altas expectativas para este restaurante porque su baño era perfecto. Estaba en otro piso, alejado de todo. Nadie más podría oírme respirar allí dentro porque los cubículos son completamente cerrados, sin aberturas arriba o abajo.

Cada cubículo tenía además una buena traba y un gancho para colgar mi saco. Era lo suficientemente grande como para que mi trasero se acomodara cómodamente sobre el asiento, sin que la mitad terminara apoyado sobre el tacho de basura que se usa para asuntos vergonzosos de la mujeres.
Y era silencioso: sin música, sin colas, sin otras personas.

Este era un baño cinco estrellas y me quedé allí unos buenos 20 minutos, respirando profundamente (después de tirar la cadena) mientras trataba de recomponerme. Había pasado seis horas enteras entre personas aquel día, personas particularmente ruidosas.

"Si, por supuesto", me dijo el camarero cuando le pedí la mesa. No me sorprendió. A juzgar por sus baños, este restaurante prometía ser uno de los que más atrae a personas con angustia social en toda Inglaterra.

Lo seguí hasta la mesa que estaba... un momento, ¿cómo? ¿En medio del restaurante?

"Es una mesa para uno, pero no está en un rincón", me dijo sonriendo, mientras colocaba el menú. "Que disfrute y déjeme saber si necesita algo".

"Lo que necesito es una mesa en un rincón", casi le grito. Y capaz lo hubiera hecho si no estuviera pasando por un momento de tanta fobia social. Aunque claro, si no hubiera estado angustiada no necesitaría una mesa en una esquina en primer lugar.

Los rincones son increíbles por el mismo motivo que lo son los baños. Cuantas más paredes haya alrededor tuyo separándote de otros mejor.

En vez de eso, me colocaron justo entre dos mesas, ambas con parejas que estaban en sendas citas.

Recuerdo ese día como el día en que aprendí a insistir en que me den una mesa en una esquina. Aquellos a quienes se lo pidas te mirarán como si fueras un bicho raro porque seguramente sean personas a quienes no les importen los rincones y los baños públicos.

Son personas que van a fiestas y les gustan.

Si yo voy a una fiesta me excuso al menos una vez por hora y me voy a sentar a algún lado. Encuentro un rincón (oh, los rincones), una escalera, o salgo y busco un callejón cercano.

Una vez allí respiro profundamente. Unos 15 minutos más tarde siento que debo regresar y me obligo a sonreír y a hacer ver que estoy escuchando las conversaciones, pero lo más probable es que me esté enfocando en no estar en el camino de personas que pasan cerca mío o en las voces a mi alrededor que se tornan cada vez más ruidosas.

Puedo funcionar. Tengo un trabajo con el que no suele interferir mi fobia social. Tengo amigos, pero prefiero verlos en sus casas más que en cafés.

Si tengo que ponerle un nombre a estos sentimientos que tengo uso palabras como "angustia social".

Para ser franca, no estoy segura de cuál es el término técnico. Fobia social, angustia social, introversión... nunca me diagnosticaron oficialmente.

Lo describo así: cuando hay demasiadas personas o cuando la gente es ruidosa y he estado con ellas demasiado tiempo empiezo a clavarme las uñas en la mano, comienzo a sudar y luego a hiperventilar.

Google me informa que es el comienzo de un ataque de pánico, pero Google también me dice que Magnus ahora está comprometido con una modelo, así que prefiero no tomar como hecho todo lo que dice Google.

Podría, por supuesto, tratarse de alguno de los otros diagnósticos que he recibido a lo largo de mi vida:

Vaga: "Vamos, ¿esto es solo porque no quieres subirte al metro en hora pico? ¡Mala excusa!".

Antisocial: "Nunca vienes a fiestas, ¿cómo se supone que harás amigos?

Rara: "¿Por qué estás sentada en un rincón? La gente está bailando, ¡ven!".

Aburrida: "Pareces muerta cuando estás con otras personas".

Estúpida: "No hablabas y seguías observando todo a tu alrededor así que asumimos que no sabías nada".

O simplemente arrogante: "No te despediste de nadie, simplemente te fuiste, como si creyeras que eras mejor que nosotros".

Me han llamado "diva" muchas veces. Y supongo que podría serlo sin problema porque, si alguna vez fuera famosa -digamos como Madonna-, mi primer requisito sería que me preparen una mesa en un rincón donde sea que vaya.

Y solo cenaría en restaurantes que tengan baños de cinco estrellas aptos para la angustia social.

Pero sobre todo, solo quiero una mesa en una esquina.

Fuente: BBC

Timidez en adolescentes

“No seas duro con él. Es sólo un adolescente”. ¿Cuántas veces has escuchado a un padre decir esa frase para explicar los cambios de humor de un hijo? No es ningún secreto que los adolescentes son propensos a tener cambios de humor y a veces les gusta estar solos. Sin embargo, según un estudio publicado este lunes por la Academia Americana de Pediatría, los sentimientos de algunos adolescentes se extienden más allá de la timidez humana normal y hacia un desorden psiquiátrico debilitante: la fobia social.

Los autores del estudio analizaron una encuesta aplicada cara a cara a más de 10,000 adolescentes de entre 13 y 18 años. Encontraron que aproximadamente uno de cada 10 de aquéllos que se identificaron como tímidos también cumplían con los criterios de fobia social.

La Asociación Americana de Psicología define la timidez como “la tendencia a sentirse incómodo, preocupado o tenso durante los encuentros sociales, sobre todo con personas desconocidas”.

“Significa ser callado, introspectivo, introvertido, y a veces autoaislado”, dice el psicólogo clínico Jeff Gardere, del Touro College of Osteopathic Medicine de Nueva York.

“Pero una persona tímida todavía puede ser atraída por otros y, si es necesario, puede interactuar socialmente, aunque le resulte incómodo. Muchos de nuestros niños superan su timidez y son mucho más interactivos socialmente a medida que hacen amigos, se asocian con grupos de compañeros, y maduran en la vida”.

La fobia social, por el contrario, es mucho más problemática. Según el estudio, en comparación con los adolescentes que fueron caracterizados como tímidos, “los adolescentes afectados con fobia social mostraban un impedimento significativamente mayor en sus roles y tenían más probabilidades de experimentar una gran variedad de trastornos psiquiátricos, incluyendo desórdenes de ansiedad, de estado de ánimo, comportamiento, y uso de sustancias”.

“La fobia social es una condición psiquiátrica real”, añade Gardere, “sobre todo cuando interfiere con el funcionamiento social, laboral y académico de nuestros hijos. Es una condición con la que puede ser intensamente difícil vivir, y puede ser agobiante respecto a las situaciones sociales y al miedo intenso a relacionarse con los demás”.

A los adolescentes se les pidió que calificaran su timidez frente a las personas de su misma edad que no conocían muy bien en una escala de cuatro puntos. Por razones de simplicidad, las calificaciones más altas (3 y 4) y las calificaciones más bajas (1 y 2) se combinaron para delinear con mayor facilidad quién era tímido y quién no.

Del 46.7% de los encuestados considerados tímidos, sólo el 12.4% cumplió con los criterios de “fobia social generalizada”, según la clasificación del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Entre aquellos que no se definieron a sí mismos como tímidos, sólo el 5.2% cumplía los criterios de fobia social.

La timidez era más común entre hombres que en mujeres, pero el género no tuvo incidencia significativa en la prevalencia de la fobia social. Aunque la timidez era más frecuente entre los encuestados más jóvenes, la omnipresencia de la fobia social incrementó con la edad.

“Aunque los adolescentes con fobia social mostraron niveles significativamente más altos de impedimentos que los adolescentes con timidez, no tenían más probabilidades de obtener un tratamiento profesional”, concluye el estudio. “Casi el 80% de los adolescentes con fobia social no buscaron ni obtuvieron tratamiento profesional para la ansiedad”.

El factor cultural

Cada desorden mental tiene una característica biológica y una ambiental. “Los desórdenes aparecen y desaparecen con base en las presiones culturales”, dice Wendy Walsh, una doctora en psicología y copresentadora de The Doctors. “Hoy en día, tenemos mayores tasas de depresión posparto debido a las presiones sobre las madres para trabajar y ser criaturas sexuales poco después del parto”.

Después de todo, un médico (en Estados Unidos) está limitado por el tipo de seguro que las compañías cubren. “La terapia de conversación a largo plazo, que podría abordar mejor los problemas con el entorno, es mucho más cara que una pastilla”, dice Walsh. “Así que recibimos una píldora y lidiamos sólo con la biología”.

“Mientras tanto”, dice Gardere, “todos tenemos que calmarnos y conservar la perspectiva. Ser tímido está absolutamente bien. De hecho, puede ser una cualidad entrañable y atractiva. La realidad es que no todo el mundo tiene que ser el alma de la fiesta. ¿Quién sabe? Si viéramos un aumento de estos, podríamos empezar a diagnosticarlos como maníacos o con trastorno bipolar, y convertirlos en nuevos candidatos a medicación”.

Fuente: CNN